Leyenda de la anciana Marianela

Todos en algún momento de nuestras vidas nos hemos topado con alguna anciana solitaria que a primera vista da un poco de miedo (hasta se crean leyendas), pero conforme la vamos tratando, vemos que es una persona buena y servicial que tuvo la mala suerte de quedarse sin parientes cercanos.

Este fue el caso de doña Marianela, una viejecita de unos 80 años de edad que vivía a unas cuantas puertas de mi casa. Ella salía por las mañanas al parque para alimentar a las aves y de paso para ponerse a tejer bajo la sombra de un árbol.

Era frecuente encontrarla desenredando marejadas de estambres de varios colores y refunfuñando al tener problemas para identificar la aguja correcta. El caso es que transcurrieron un par de días y se me hizo raro no verla en su lugar de costumbre.

Me encamine a su casa y llamé a la puerta sin obtener respuesta. De repente escuché unos susurros que provenían del interior y se me ocurrió que lo mejor era pedir ayuda. Por fortuna, una patrulla se detuvo y le conté a uno de los policías lo que pasaba.

– Entonces me dice que la señora no tiene familia ¿verdad?

– Así es oficial, me preocupa que le haya pasado algo grave.

– No se preocupe, para eso estamos. Enseguida me comunicaré con la brigada de rescate y veremos qué podemos hacer.

Leyenda de la anciana Marianela

Una camioneta llegó después y de ella bajaron varios hombres con herramientas especializadas que les permitieron derribar la puerta en un dos por tres. La unidad entro al domicilio y en pocos minutos vi como Marianela era trasladada en una ambulancia al hospital más cercano.

Subí a mi coche y seguí el transporte de emergencia a una distancia prudente, pues creí que posiblemente me pedirían datos de lo ocurrido. Cuando llegué me dijeron que la anciana la habían llevado a urgencias y que afortunadamente estaba fuera del peligro.

Una doctora me explicó que debido a que doña Marianela continuaba muy débil, era prácticamente imposible que regresara a su casa sola. Al escuchar esto, le comenté que no habría ningún problema en recibirla en mi casa hasta que se restableciera por completo.

Así lo hice y al día siguiente le acondicione el cuarto de huéspedes y le dije a la ancianita que si necesitaba algo, simplemente hiciera sonar la campana que estaba sobre su buró y yo acudiría prontamente.

Tal vez me encariñé con ella, porque me recordaba un poco a mi tía Tristana con la que viví varios años.

Una tarde pasé junto a su habitación y me llamó la atención que estaba hablando en un idioma muy extraño. Golpe la puerta y ella con voz amable me dijo:

– Pasa Pablo ¿se te ofrece algo?

– No doña Marianela. Es sólo que la escuché hablando con alguien.

– Si mijo, lo que sucede es que ya pronto volveré a casa con los míos. Lo único que me duele dejar aquí eres tú, pues has sido como un nieto para mí. Me gustaría recompensarte ¿Hay algo que pudiera hacer por ti?

– Ya lo ha hecho, al darme su amistad y consejo cuando lo he necesitado.

– Por cierto, se me olvidaba decirte que mañana es mi cumpleaños y me gustaría que compraras una torta para festejarlo.

– Con todo gusto doña Marianela. A primera hora voy a la pastelería.

Me levanté al salir el sol y fui a la panadería, más cuando regrese ella ya no estaba. Únicamente observé una paloma blanca posada en el marco de la ventana, la cual abrió salas al verme y se perdió en el horizonte.

En ese instante supe que las leyendas de los ángeles son ciertas.

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