Las apariencias engañan

Una dulce niñita paseaba por el bosque, llevaba en sus manos hermosos ramitos de flores, y cada paso que daba lo acompañaba con bellas canciones. La pequeña estaba tan contenta con su paseo, que ni siquiera notaba el par de rojos ojos observándola desde los árboles, seguían todos sus movimientos, acompañaban sus pasos, pero sin salir de las sombras y el anonimato.

La presa era asechada en el mayor de los silencios, el cazador saboreaba su bocado antes de tenerlo. Esperaba el momento justo, aquel en que no podría escaparse, y la siguió hasta llegar al tempestuoso rio, parecía el lugar perfecto, la niña no tenía hacia donde escapar; la criatura salió de las sombras, en un rápido movimiento volaba sobre la pequeña gracias a su potente salto, sin embargo ella abrió su boca, alcanzando el tamaño justo para que el extraño ser de la oscuridad entrara de un solo bocado.

Después la niña continuó recogiendo flores y cantando, ahora más contenta, porque tenía el estómago lleno. Cuando al fin se aburrió de lo que hacía grito sin rumbo fijo: — ¡Papá, papá!, ya quiero regresar a casa… ábreme las puertas del infierno—.

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