Cuentos de terror cortos

Ese par de bribones acostumbraban hacer pesadas bromas a cuantas personas pudieran, fueran conocidos o no. Esa actitud solo causaba enfado y pronto nadie los quería cerca. Aun así, se las arreglaban para colarse en las fiestas o reuniones, o cualquier evento al que no habían sido invitados.

En cierta ocasión llegaron a las afueras de la ciudad, después de esconderse en al auto de unos vecinos con la intensión de arruinarles su convivio, sin embargo, los descubrieron a tiempo y sin tentarse el corazón, los dejaron a mitad de la carretera.
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No lo soporto más, desde hace un par de meses no puedo conciliar el sueño de manera correcta, pues siento sobre mí la mirada siniestra de esos terribles ojos que brillan cada vez que apago la luz. Aun durante el día sé que me observan, conocen cada uno de mis movimientos, saben lo que pienso, así que no puedo combatirlos. Tampoco puedo escapar, es como si estuviesen pegados a mí con un hilo invisible.
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Caminado por la calle de costumbre, Ramón pateó un celular que se encontraba en el suelo. Al recogerlo, lo primero que hizo fue buscar entre los contactos un lugar a donde llamar para poder devolverlo a su dueño, y marcó a la opción más lógica: «casa».

Respondió una chica de trato muy amable, y voz tierna, quien dijo ser la dueña del celular, y quiso verlo en un café de esa acera para que le regresara el teléfono. La cita era a las cinco de la tarde, así que todavía faltaban un par de horas. En las cuales, Ramón no pudo resistir la curiosidad, quería saber cómo era la muchacha con la que se encontraría, tal vez podría aprovechar el momento juntos para intentar algo con ella.
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