Testigo acular

cuentos de ficcion testigo acularTranscurría el quinto día de encierro, las uñas de mis dedos prácticamente habían desaparecido, los escalofríos me causaron dolor muscular después de tantos temblores, y no pude en todo ese tiempo cerrar los ojos, cada vez que lo intentaba, revivía esa horrible escena, miraba frente a mí esos asesinatos

Lo que más me perturbaba era no poder decírselo a alguien, en primera porque no me lo creerían y en segunda porque pondría su vida en riesgo igual que la mía. Se suponía que “Los Guardianes” estaban ahí para protegernos, no para acabar con nosotros, a nadie le gustaría saber que andaban por ahí asesinando gente de una manera grotesca. Ellos se encargaban de la seguridad incluso antes de que yo naciera y jamás se reportó algún incidente, pero lo que yo vi, lo que yo vi era verdad.

No se suponía que transitara por ese callejón, pero uno no siempre hace lo que debe, al ver las luces lo pensé dos veces, pero al final aquellos gemidos activaron mi curiosidad, asomé la cabeza con cuidado, y ahí estaba ellos, torturando al pobre sujeto, el miedo en sus ojos era tanto que rápidamente se metió también en los míos; no podían apartar la mirada de aquella terrible escena, los huesos del hombre tronaban como ramas viejas dentro de aquellas manos metálicas, pero ahogaban sus gritos hundiendo su cabeza en la basura.

Ese par de máquinas diseñadas para protegernos, parecían estar disfrutando el sufrimiento de su víctima, si sus rostros no fuesen simples hojas de lata, seguramente pude haberlos visto riendo de satisfacción. De pronto se quedaron inmóviles, y el sujeto en sus manos estaba flácido, con todos los huesos rotos, pero aún con vida. Lo dejaron caer bruscamente al suelo para dirigirse a otro tipo que también observaba la escena igual que yo, se acercaron lentamente hacia él, dejando que su miedo le escurriera por los poros, retrocedía lentamente como si tuviera una oportunidad de escapar, pero detrás de él solo había una enorme pared, en la cual quedó aplastado cuando una de las maquinas usó sus impulsores para chocar contra él. Esa misma suerte tendría yo si no me marchaba pronto, pero el más mínimo ruido podría delatarme.

Esperé ahí hasta que los guardianes se marcharon, no sin antes, dar un pisotón mortal al chico de los huesos rotos. Desde ese día no he salido de casa, temó quedar también embarrado en alguna pared.


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