Las cosas no siempre son lo que parecen

Camino a la escuela de Juanito, había una casa maltratada, vieja y sucia, que apenas se veía entre los frondosos y tétricos árboles que poblaban el patio. Algunas veces cuando los chicos pasaban por ahí, veían un par de sombras moverse entre la maleza, al acercarse solo escuchaban gritos que les provocaban salir corriendo.

Reuniendo testimonios de lo que miraron unos y otros, pronto se hicieron a la idea que ahí vivía una bruja de grotesco aspecto, y un ogro que media más de dos metros. Después de eso, evitaron a toda costa acercarse al lugar, y corrieron la voz para que también los demás se alejaran.

Pero Juanito no era igual a los demás chicos, no se creía las habladurías de la gente, y seguía pasando por ahí tranquilo como siempre. Un día se quedó jugando con los amigos más de la cuenta y se hizo demasiado tarde. Cuando llegó el momento de cruzar frente a la casa, lo hizo como acostumbraba y en ese momento escuchó los gritos, al voltear observó que la maleza se movía, y que por encima de los árboles se asomaba una cabeza.

Juanito no sentía miedo, pero estaba muy distraído observando, tanto que no vio el poste que tenía en frente y se golpeó tan fuerte que perdió la consciencia. Al despertar se dio cuenta que estaba dentro de la casa del ogro y la bruja, pues los escuchaba cuchichear. Aún no podía verlos con claridad porque su vista seguía nublada.

Cuando al fin pudo ver bien, se dio cuenta que se trataba de un par de ancianitos, muy tiernos y amables, le explicaron que los gritos se debían a que ninguno de los dos podía escuchar bien, que la cabeza del señor sobresalía de los arboles porque continuamente intentaba cortarlos para que entraran nuevamente los rayos del sol, no había bruja ni ogro, todo fue simplemente una confusión. Las cosas no siempre son lo que parecen y menos si nos dejamos llevar por habladurías.

Le contaron a Juanito como deseaban que su casa estuviese linda de nuevo como en sus mejores días, pero desafortunadamente a ellos no les quedaban ya muchas fuerzas, por lo que el niño ofreció su ayuda, y tubo la gran idea de traer consigo a los compañeros que había iniciado el rumor de que ahí habitaba un ogro y una bruja.

Dejaron la casa muy limpia y linda y en agradecimiento, la abuelita horneó galletas y pasaron muchos días compartiendo y conociéndose.

las cosas no siempre son lo que parecen cuentos cortos

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