La viejecilla y sus tres perros

Un día, la gente vio pasar por la calle principal del pueblo a una acabada viejecita, aunque es común que todos se conozcan, a ella no la habían visto antes, y no sabía de dónde venía o si tenía un hogar. Al siguiente día, nuevamente, se paseó por las calles; así lo hizo un tercer, un cuarto, y un quinto día, hasta que se volvió normal verla.

Viendo su necesidad un día, uno de los comerciantes le ofreció un pedazo de pan, y la anciana lo tomó gustosa, luego se sentó en rincón para comerlo y fue hasta ella un perro, con el cual compartió su alimento. Al otro día, el perro la acompañaba; cuando otro de los comerciantes le dio comida, nuevamente, ella separó una porción para el animalito, y se les unió otro.

La ancianita iba ya acompañada de sus dos nuevos amigos, y cada bocado que recibía, sin dudarlo lo compartía con ellos. Pronto se acercó un perro más, y la historia se repetía, sin importar lo pequeño del bocado ella siempre les daba a probar.

Un día, uno de esos hombres que le daba comida la reprendió muy fuerte, argumentaba que la comida era para ella, no para que la desperdiciara en animales, y amenazó con no darle más si seguía con esa práctica. A lo que la anciana respondió: —Hijo mío, solo el que padece el hambre sabe reconocerla, el que ellos no puedan hablar no significa que no estén sufriendo, igual que yo están solos en el mundo. Haz lo que tengas que hacer, que yo seguiré compartiendo lo poco que tengo con ellos.

El hombre bajó su rostro muy apenado, y los días siguientes, guardó suficiente para darle a la viejecita y sus tres perros, pues se avergonzaba de tener tanto y compartir tan poco, mientras ella hasta se quitaba el pan de la boca tan solo por ayudar.

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